Los ojos de un México ciego


Por Daniel Pradilla de Bedout

La ceguera del autor (Daniel Pradilla de Bedout)

El periodismo consiste esencialmente
en decir ‘Lord Jones ha muerto’
a gente que no sabía que
Lord Jones estaba vivo.

Abrimos el periódico y vemos una nube gris. Entonces le damos la vuelta a la hoja y la nube gris sigue ahí. Es una nube gris con una tonalidad roja. Un rojo que parece sangre. Pero no es sangre como tal, sino una fotografía. Es una sangre parecida a la sangre que vimos ayer, y anteayer, hace una semana, hace un mes, hace unos años. Es la sangre de una herida social. Es la sangre que nos remonta a una época gris (como la nube del periódico). Prendemos la televisión y es como abrir el periódico. Mi sangre es colombiana, pero mi pasaporte es mexicano. Mi familia es colombiana, pero mis amigos son mexicanos. Sólo es una dualidad. Escribo estas palabras desde un México en crisis; un México que se ha convertido en el reflejo del país que vio nacer a mis papás. El México de 2010 se convierte en el eco de la Colombia del último tercio del siglo XX.

Mis padres: María y Roberto. Su país: Colombia. Sus hijos: mexicanos. Era Bogotá en la década de los 70’s y principios de los 80’s. La violencia que nacía en el seno de una guerrilla con ideales políticos, pero esos ideales se transformaron posteriormente en ambición, en dinero, en drogas, en narcotráfico. La sociedad vivía con miedo; las personas preferían vivir en departamentos que en casas (cuestión de seguridad); era peligroso ir a los ranchos o a las fincas a las afueras de la capital. “La gente empezó a vender sus casas. Todos querían vivir en departamentos. No podíamos ir a los ranchos ni a las fincas”, comenta Roberto.

María, por su lado, me cuenta: “Teníamos miedo de salir. Llegamos a escuchar el ruido de bombas desde nuestra casa. Era una incertidumbre de no saber dónde explotó la bomba, ni cuántos muertos hubo, ni contra quién era. Eran común las reuniones en los departamentos; preferíamos no estar en la calle después de cierta hora”.

Violencia. Carros bomba. Secuestros. Pero la sociedad pudo salir adelante porque contó con un elemento importante que, hasta el momento, no tenemos en México: un periodismo con verdadera responsabilidad social.

Rojo. Sangre. Pared.

Por supuesto que los medios reflejaban una sociedad sangrienta, peligrosa y atemorizada. Sin embargo, los medios tomaron conciencia de su importancia para la sociedad y decidieron convertirse en un arma para combatir a la guerrilla. La guerrilla ponía bombas en edificios del periódico o de la radio; la guerrilla secuestraba y asesinaba a periodistas; la guerrilla cobraba ‘vacunas’ (impuesto de guerra) y creaba una imagen peligrosa de Colombia. Pero ante esta situación, los medios maduraron y se consolidaron al formar un frente común. Mi papá recuerda: “No se podía ir a las fincas sin pagarle la ‘vacuna’ a la guerrilla. Esto servía para que no se robaran el ganado y que no se metieran a robar a las casas”.

Colombia en construcción

En la Colombia de los 70’s y 80’s, los periodistas se preocupaban por ir ‘al fondo’ de la noticia y de los hechos, por profundizar, por buscar la mayor cantidad de información posible (que fuera relevante). Al igual que hoy día en México, la profesión del periodista era peligrosa. Pero en Colombia, cuando la guerrilla asesinaba a algún periodista que se encontrara en plena investigación, los medios se unían, no únicamente con la intención de continuar dicha investigación, sino para demostrarle a la guerrilla el poder social de los medios.

Esto es algo que no existe en nuestro México contemporáneo. Tenemos medios que se rigen bajo pautas económicas, donde los intereses flotan sobre la superficie y los roles sociales se pierden bajo los billetes. Entonces pareciera que los medios son simples títeres, manipulables, que reflejan a un México deformado y que ponen sobre la mesa esta discusión de ser o no voceros del narcotráfico.

Mis papás me cuentan que, a pesar de la sangre y la violencia publicada, los medios en Colombia nunca llegaron a ser tan amarillistas como los que tenemos hoy en día aquí en México. Además, actualmente el poder de los medios se siente con mayor intensidad; ha incrementado el bombardeo mediático (murieron unos por acá, otros por allá, son quince muertos, son veinte). Palabras de mi papá en relación a la situación en Colombia: “También la gente dejó de leer los periódicos; se aburrió de estar leyendo malas noticias. Todo era sangre, muertes, bombas. Fue aquí cuando los periódicos se dieron cuenta de la situación y comenzaron a ser más proactivos”.

En Colombia los medios mostraban una mayor responsabilidad en comparación con los medios mexicanos. Existía una conciencia social que se preocupaba por los ciudadanos: los medios se dieron cuenta de la importancia de comunicar para construir, no de comunicar para vender. Roberto reflexiona que “el proceso por el que pasó Colombia provocó que el periodista (colombiano) madurara, se solidarizara con la situación del país y su sociedad, y se dedicara a buscar el cambio”.

 

México en destrucción

Recordando, mis papás cuentan que el miedo que sentían en Bogotá era parecido al que sienten actualmente en México. Las dos sociedades, la colombiana (de la década de los 80’s) y la mexicana (actual), sienten temor y viven bajo la sombra de la violencia. Muertes. Asesinatos. Noticias rojas. Sangre. La diferencia es que los medios colombianos aprendieron a decir ‘Basta’. Los medios colombianos asumieron con responsabilidad su rol social, dejando a un lado esos intereses económicos que están afectando y cegando a los medios mexicanos. Mi mamá comenta: “Hoy día siento mucho miedo de vivir en México. Voy a Colombia y me siento segura. Es como si se regresara el tiempo y volviera a estar en la Colombia de hace algunas décadas”.

En México, necesitamos abrir los ojos y darnos cuenta de que el cambio está en manos de la sociedad y sus medios. Mientras nos guiemos por una serie de lineamientos económicos e intereses particulares, seguiremos viviendo en el mismo hueco, seguiremos tomando la misma sangre y soñaremos con la misma basura.

Simplemente pareciera que mis papás nunca salieron de Colombia.

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