15 de septiembre 2010: Crónica de una lágrima gris…


Por Daniel Pradilla de Bedout

Estoy sentado en la cama de un hospital. No soy el paciente. Soy el familiar. Esos momentos nunca son fáciles, pero la reciente cirugía de mi mamá poco tiene que ver con el tono gris de este escrito. Hay muchos otros factores que lo condicionan… que condicionaron el poco entusiasmo de muchos otros mexicanos, algunos jóvenes, como yo, otros, no tanto.

El tono gris es por México. Un México triste. Es triste pensar que ése es el México en el que vivimos; el México que tanto queremos; el México que nos ofrece ‘ilusiones fantasma’; el México al que queremos celebrar pero que nos hace llorar. El México de cuya libertad e independencia aún no hemos sabido hacernos responsables.

Desperté esa mañana cuando todavía el cielo estaba negro. Quizá era un 16 de septiembre. Quizá no. Una obscuridad similar a la de hace 200 años. No eran ni las siete de la mañana y yo ya estaba en la universidad. Bostezaba. Se me cerraban los ojos. Me daba hambre pero no comía. Una película en mi laptop y un juego en mi celular. Cuatro horas después entraba a mi única clase del día. Era en el salón de Laboratorio de Comunicación Periodística. Mi mente daba vueltas en temas que ni siquiera recuerdo. Durante dos horas leí periódicos estadounidenses buscando información sobre nuestros ‘festejos’ ante ojos extranjeros. Trabajé en equipo con Stephanie Goldberg y Fernanda Moreno. Redacté mi parte del ejercicio casi en automático.

Terminada la sesión me fui a mi casa. Vi dos capítulos de la serie de televisión Dexter y después simplemente dormí. Al despertar, el reloj marcaba las 18:44. No había comido nada en todo el día. Ya ni siquiera tenía hambre. No tenía ganas de nada. No sé si fue la discusión con mi novia (Ella) el día anterior pero simplemente me sentía ‘desganado’. En algún momento empezó a sonar el celular. Era Ella. La recogí en su casa una hora después. Me vestí con jeans, camisa negra, suéter blanco, chaleco verde y mis zapatos eran Converse, uno era verde y el otro rojo. Ella tenía también jeans, zapatos blancos, blusa roja y suéter verde; el pelo lo tenía arreglado con una cinta que tenía los colores de la bandera mexicana. Se veía guapísima. Se sentía esa vibra que se genera después de una discusión. Silencio. Se dice lo mínimo. Ese tono que dice “sigo enojada”.

Ella

A las 20:45 llegamos a una casa en la Colonia Bosques de las Lomas. Cruzamos la casa y llegamos al jardín. Sólo reconocí a Manuel, un amigo de toda la vida. Sobre el pasto y bajo la carpa habían veinte mesas cubiertas con manteles blancos, verdes y rojos. Saludé a los desconocidos. Manuel, Ella y yo pedimos cervezas y nos sentamos en una mesa junto a una fuente. El primer tema de conversación fue un video de Youtube llamado ‘Titán’. Conté como veinte desconocidos. La mayoría con camisa verde o roja. Una desconocida tenía un traje de ‘charro’. Otra tenía un vestido rojo que dejaba al descubierto unas largas piernas. Un desconocido tenía un sombrero mexicano. Eran casi las diez de la noche. De la carpa colgaban una cintas con los colores de la bandera mexicana. Conté un par de chistes. Manuel y yo pedimos otra cerveza y Ella pidió tequila con refresco de toronja. Cuando llegó Fernanda, una amiga de Ella, decidí regalarle una sonrisa a mi estómago: pozole, tacos de pastor y bistec, quesadillas con champiñones, esquites y chiles rellenos de queso. Comí como ‘si fuera mi última cena’.

Un ambiente tranquilo. No sentí el furor de la fiesta mexicana. Incluso, los colores jugaban con mis sentidos. Por momentos me sentía en Navidad con el verde y el rojo. No habíamos terminado de comer cuando aparecieron los mariachis. Ella pidió “Mujeres divinas”. Entonces llegó Santiago, un amigo.

Mi reloj verde marcó las once de la noche. Por primera vez le puse atención a la pantalla que habían colocado a la entrada del jardín. Apareció el Presidente Felipe Calderón. ‘¡Viva Hidalgo!, ¡Viva Morelos!, ¡Viva Josefa Ortiz de Domínguez!, ¡Viva Allende!, ¡Vivan Aldama y Matamoros! ¡Viva la independencia nacional!, ¡Viva el Bicentenario de la Independencia!, ¡Viva el Centenario de la Revolución!’ y concluyó con los tradicionales ‘¡Viva México!, ¡Viva México!, ¡Viva México!’. Casi todos gritábamos. Casi ninguno sentía lo que gritaba. Éramos el eco de la voz de Calderón. No entiendo porqué tenía una sensación similar a la que me da en la víspera de Año Nuevo. Simplemente no me sentía festejando el Bicentenario.

Durante los siguientes minutos estuvimos viendo en la pantalla los eventos preparados en la Plaza del Zócalo. Los mariachis seguían cantando. Pero los desconocidos estaban muy dispersos. Y a juzgar por su conducta, tenían un ánimo parecido al mío. Un tono gris. Faltaban los borrachos que se creían mariachis. Faltaban los borrachos que se creían mexicanos.

Fernada, Ella, Manuel, Santiago y yo regresamos a nuestra mesa. Los temas de conversación nos dividieron por género. Nosotros platicamos del viaje que, la mañana siguiente, realizaríamos a Acapulco. Sí, también hablamos del Bicentenario (al menos eso creo). Algo faltaba en esa fiesta. Yo me sentía cansado, y el resto de mi mesa también. Fue por eso que antes de medianoche (como Cenicienta), Fernada, Ella, Manuel, Santiago y yo nos despedimos y desaparecimos. La excusa: “mañana temprano nos vamos a la playa”. Puros pretextos.

Eran las once de la mañana y Santiago, Manuel y yo estábamos en la carretera. Pero era otro amigo, Rodrigo, el que manejaba. El aire acondicionado de la camioneta no funcionaba. Era un calor infernal (y según la última película de Luis Estrada, “aquí es el infierno”). Traté de dormir. Sólo traté.

Acapulco nos recibió con una cerveza fría. Después de dejar las maletas en el departamento, comimos maricos junto a la playa, en Las Gaviotas. Era uno de esos días que parecen más largos de lo normal. Finalmente llegó la noche. ¿Fiesta? No. Almohada.

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