Se necesitan 5 días para ser mexicano


El 15 de Septiembre de 2010 será recordado por todos como el Bicentenario     de nuestra Independencia,  aunque para algunos con mayor vividez    que otros. En realidad el torbellino de euforia en el que todo el  país se veía    envuelto, comenzó, en el DF, un día antes… cuando anunciaron que la Ley  Seca se haría  efectiva desde el 15 hasta el día 17 por la noche, y todos  corrimos a las tiendas de autoservicio,  supermercados, tienditas de la  esquina y vinaterías a conseguir cuanto alcohol fuera posible, ya que es  más  que primordial tener a la mano (por lo menos)  una copita de tequila para  brindar a la hora de los ¡VIVA!

Mi caso no fue la excepción. Mis amigos convocaron a una megacelebración en el corazón de Coyoacán y todo parecía apuntar a que sería ese el destino de nuestro descanso patrio. El miércoles, sin embargo, todos los planes cambiaron, a costa del tráfico. Alcancé mi primer destino en la Noche Buena y los amigos empezaron a llamar. La confirmación para Coyoacán se veía cada vez  más incierta, porque además de que había mucho tráfico, teníamos mucho miedo.

Los tequilas empezaron a fluir más o menos a las 7 de la tarde, y entre brindis y brindis, la gente se fue aglomerando en un pequeño apartamento, con la intención de convivir y ver el Grito en la tele. Jamás logramos desprendernos del ambiente que ya se había generado, y nos quedamos festejando alrededor de la TV en silencio hasta las 10:45 pm, cuando apagamos nuestra fiesta de rock en español para dar paso a la celebración oficial del Bicentenario.

Lady Bicentenario posó para las cámaras.

Entre invitado e invitado, se fue reuniendo un grupo de gente que traía todo tipo de accesorios con motivos patrios, y fue así como poco a poco armamos un disfraz: Lady Bicentenario nació a son de el Panteón Rococó, con una capa de bandera nacional, un antifaz verde blanco y rojo con brillantina y plumas, un bigote y un sombrero vaquero. Su super poder era hacernos bailar y beber tequila a su paso, y claro está, también reir durante horas con su participación.

Pocos teníamos ganas de siquiera ver a Felipe Calderón hondear el lábaro patrio en el balcón del Palacio Nacional para encender en los mexicanos de México y el mundo el fulgor del patriotismo patriotero (valga la redundancia). A nuestros ojos, no había nada que celebrar, más que los buenos amigos, la buena bebida y la buena comida que caracterizan nuestro país.

Concluídas las imágenes del ciudadano Presidente paliducho y apanicado frente a más de 50 000 personas en la plancha del Zócalo, dimos paso a más música (estrictamente en español y de preferencia nacional) hasta la madrugada. Juan Gabriel fue el encargado de cerrar la noche entre la Maldita Vecindad, La Castañeda y Caifanes, que esa noche, tocaron sólo para nosotros en una apretada sala al sur de la ciudad y encendieron en nuestros corazones el orgullo nacional, incluso más que el Coloso con cara de Stalin, el presidente tembloroso y de ojos vidriosos, y hasta el Himno Nacional.

El 16 nos llegó tarde, por ahí de las 2:30 pm, cuando abrimos los ojos en medio de un mar de cadáveres  de cerveza, tequila, ron y uno que otro de aguardiente. Aprovechando que varios se habían quedado a  dormir, y que el orgullo nacional seguía más fresco que nuestros cuerpos débiles, trasnochados y  crudos, nos dirigimos a festejar nuestra gastronomía en los tacos del Villamelón, en donde también nos  aprovechamos de la venta de grandes clamatos con cerveza para curarla, y ¿por qué no? Unas buenas  micheladas. De regreso al departamento en la Noche Buena, volvimos al frasco, con lo poco que  quedaba, hasta que un par de amigas, a eso de las 12 de la noche, se aventuraron a romper la ley en el  Oxxo, y lo lograron. Con una propina de 100 pesos, lograron volver victoriosas con una patona de  Bacardi. Y así, hasta las 7 am del 17, repetimos la historia del 15, con canciones clásicas mexicanas y muchas ganas de seguir celebrando nuestra amistad.

El 17, por azares del destino, fuimos a Garibaldi por la mañana, con una encomienda laboral. Nos recordó que México no siempre es bonito… sólo cuando se pone el disfraz de mexicano. De resto, podríamos decir que fue un día cancelado en nuestros calendarios.

18 y todo sereno, pero al llegar la noche, nos dirigimos a una mezcalería en la Roma a beber Mezcal, Sotol, Raicillas, Tequilas y cervezas artesanales, teníamos un cumpleaños que pre-celebrar, y una vez más, tras muchos grados etílicos volvimos al pequeño departamento en la Noche Buena para escuchar más de la canción mexicana, claro está, hasta las 6:30 am.

La banda de la Hostería de Sto. Domingo.

El domingo fue en verdad el día que para mí, más logró revivir el amor por mi país. Fuimos (en un viaje ya tradicional) al centro del DF, a la Hostería de Sto. Domingo a comer chiles en nogada. Ya desde ahí estaba todo bien, yo me sentía bien mexicana y bien contenta de realizar mi visita anual a lo que para mi es un mundo paralelo. Detrás de mi silla colgaba un reconocimiento,que se otorgaba a la Hostería por ser el restaurante más antiguo del DF, y sus paredes no lo dejarán mentir. Tampoco la pequeñísima agrupación de piano y bajo que amenizan la hora de la comida. Con una nostalgia inmensa, me acordé de lo bonito que se siente ser de aquí.

Ya de regreso pasamos por Reforma, y no pudimos evitar admirar al Ángel de la Independencia, al grado que estacionamos el coche a unas cuadras para bajar a tomar unas fotos, que se engalanaban con un cielo impresionante que ponía la piel chinita. Con una sonrisa en la cara y con  ganas de terminar nuestro patriótico puente, fuimos al cine. Gran error. Vimos El Infierno, de Luis  Estrada, y sin afán de hacer esta historia más larga, esta gran película me recordó todo lo podrido de  nuestro país, la razón por la que siento miedo de salir a la calle y por la que a veces me da pena ser  mexicana.

Me tardé 5 días en dar una vuelta por la historia de México, entre las tradiciones, la gastronomía, la bebida, la convivencia y en resumen, la esencia de lo que nos hace mexicanos. Me di cuenta, con tristeza, que la felicidad verdadera está en la Noche Buena y su hospitalidad, más que en la Independencia y su hostilidad.

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