Cortázar siempre Cortázar


Por Daniel Pradilla de Bedout *

Julio Cortázar

Nunca imaginé que aquel segundo encuentro con Julio Cortázar cambiaría de esa manera mi forma de ver la literatura en particular y la vida en general. Era un enero frío en París. Estaba a pocas horas de sentarme a conversar con un escritor, traductor e intelectual a quien considero uno de  los autores más innovadores del siglo XX. Su estilo rompe con los límites de la linealidad temporal, y sus personajes están rodeados de una autonomía y profundidad psicológica que atrapa a los lectores dentro de un mundo, por lo general, fantástico. Sus narraciones abren las puertas a una multiplicidad de interpretaciones.

Actualmente trabajo en una pequeña revista francesa de literatura y fueron los directivos quienes me encomendaron retomar algunas de las enseñanzas de Cortázar en el terreno de la literatura. Éste es mi segundo encuentro con el escritor, porque el primero fue a través de un cuento suyo que encontré cuando tenía yo doce años, en un estante de la biblioteca familiar. Ese libro se llama El río. Ese libro me atrapó y así, desde temprana edad me interesé por el mundo de quien llegaría a ser mi autor favorito. Sus cuentos, las diferentes interpretaciones y el juego con lo fantástico siempre han captado mi atención. Fue por eso que me pareció estupendo que me encomendaran la tarea de analizar su estilo literario.En este nuevo encuentro con el escritor quiero enfocar este intercambio de ideas más en el Cortázar cuentista que en el Cortázar novelista.

Mis notas estaban preparadas, la locación de la entrevista seleccionada y las ansias me hacían voltear a ver el reloj prácticamente cada minuto; un reflejo del nerviosismo de cualquier aspirante a escritor cuando está a punto de encontrarse a una figura del tamaño de Julio.

“Nací en Bruselas en agosto de 1914. Signo astrológico, Virgo; por consiguiente, asténico, tendencias intelectuales, mi planeta es Mercurio y mi color el gris (aunque en realidad me gusta el verde)”, me dijo Cortázar aquella tarde de viernes en ese pequeño café bohemio cerca de Rue de la Roquette. Llegué un poco antes de la hora acordada para revisar mis notas. Cuando dieron las cinco en punto, apareció Julio con su característica barba. Tenía un suéter cuello de tortuga blanco, un blazer azul marino y nos pantalones beish. No se había terminado de sentar cuando ya había prendido un puro. Nos saludamos cordialmente y pedimos dos capuchinos. Era un hombre extremadamente grande e imponente.

La entrevista comenzó como yo había planeado. “Mi nacimiento fue un producto del turismo y la diplomacia; a mi padre lo incorporaron a una misión comercial cerca de la legación argentina en Bélgica, y como acababa de casarse se llevó a mi madre a Bruselas. Me tocó, nacer en los días de la ocupación de Bruselas por los alemanes, a comienzos de la primera guerra mundial. Tenía casi cuatro años cuando mi familia pudo volver a la Argentina; hablaba sobre todo francés, y de él me quedó la manera de pronunciar la «r», que nunca pude quitarme. Crecí en Banfield, pueblo suburbano de Buenos Aires, en una casa con un gran jardín lleno de gatos, perros, tortugas y cotorras: el paraíso. Pero en ese paraíso yo era Adán, en el sentido de que no guardo un recuerdo feliz de mi infancia; demasiadas servidumbres, una sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados”.

Yo había llevado mi cámara de video recién comprada. Estoy casi seguro que todavía colgaba la etiqueta del precio. Cortázar, mientras hablaba, me volteaba a ver y, de vez en cuando, los ojos se le perdían en una esquina de aquel café de París. Al principio, verifiqué algunos datos sobre su vida. Estudios secundarios en Buenos Aires: maestro normal en 1932. Profesor normal en letras en 1935. Primeros empleos, cátedras en pueblos y ciudades de campo, paso por Mendoza en 1944-1945 después de siete años de enseñar en escuelas secundarias. Renuncia a través del fracaso del movimiento antiperonista en el que anduvo metido, vuelta a Buenos Aires. Ya llevaba diez años escribiendo, pero no publicaba nada o casi nada (el tomito de sonetos, quizá un cuento). De 1946 a 1951, vida porteña, solitaria e independiente; convencido de ser un solterón irreductible, amigo de muy poca gente, melómano lector a jornada completa, enamorado del cine, burguesito ciego a todo lo que pasaba más allá de la esfera de lo estético. Traductor público nacional. Gran oficio para una vida como la suya en ese entonces, egoístamente solitaria e independiente.

Estábamos sentados  frente a frente, él con las piernas cruzadas, una mano apoyada en la silla y la otra sosteniendo el puro. Hasta este punto seguíamos con una introducción de cierto modo biográfica. Entonces entramos al tema de sus inicios en el mundo de la escritura.

“Es difícil situar exactamente el momento porque debe estar entre los siete y nueve años de edad. Era una niño pequeño cuando mi madre empezó a coleccionar poemas, pequeños relatos y textos que yo iba escribiendo en cuadernos y papeles sueltos. Nunca he tenido la posibilidad de releerlos, cosa que me hubiera gustado, para ver cómo se puede escribir a los siete o nueve años, porque mi madre guardó todo eso celosamente por miedo de que actualmente si yo los descubriera los quemaba, lo cual también es muy probable. Pero la escritura es una actividad temprana en mí. Durante los años de escuela primaria, me enamoraba con frecuencia de mis compañeras, y escribía sonetos muy románticos. Para lo cumpleaños de los distintos miembros de mi familia siempre había un texto escrito por mí. Era un pequeño monstruo literario a una edad muy temprana.”

El primer libro de poemas, Cortázar lo publicó con un seudónimo porque no se sentía seguro. Julio me contó que en realidad empezó a publicar muy tarde; el primer libro con su nombre lo publicó cuando tenía más de treinta años.

En el resto de la entrevista, me enfoqué más en el Cortázar cuentista que en el Cortázar novelista.

“Yo creo que nadie ha definido hasta hoy un cuento de manera satisfactoria, cada escritor tiene su propia idea del cuento. En mi caso, el cuento es un relato en el que lo que interesa es una cierta tensión, una cierta capacidad de atrapar al lector y llevarlo de una manera que podemos calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Aunque parezca broma, un cuento es como andar en bicicleta, mientras se mantiene la velocidad el equilibrio es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector.”

Julio hablaba. Yo simplemente escuchaba y de vez en cuando me apoyaba en mi cuaderno de notas para darle cierta dirección a la entrevista. Pero hubo un periodo de tiempo en el que Cortázar simplemente habló sobre algunos aspectos del cuento sin que yo dijera ni una sola palabra. Parecía que el mundo se había paralizado, sólo existía la voz del escritor.

“Para entender el carácter peculiar del cuento se le suele comparara con la novela, género mucho más popular y sobre el cual abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de la lectura, sin otro límite que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede las veinte páginas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En ese sentido, la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un ‘orden abierto’, novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brasai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara. Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el “clímax” de la obra, en una fotografía o en un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucha más allá de la
anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento. Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa “apertura” a que me refería antes. Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento”.

El tiempo había volado. Era de noche. El café a punto de cerrar y pareciera que Cortázar apenas estaba empezando. No pudimos terminar. Nos despedimos. Se fue. Apagué mi videocámara, recogí mis notas y salí del lugar. Julio me dejó una idea: experimentar y romper con los límites de lo establecido. No se debe subestimar la mente del lector. No hay reglas para escribir un cuento. No hay reglas para la vida.

En literatura no hay temas buenos ni temas malos, hay tan sólo temas bien o mal tratados.

-Julio Cortázar

*Esta es una entrevista ficticia realizada como un ejercicio del Laboratorio de Comunicación Periodística.

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