¿Y quién modera a los moderadores?


De un tiempo para acá se ha vuelto cosa cotidiana la práctica de las narcoejecuciones en estados como Michoacán, Morelos y en general, el norte de nuestro país. De alguna manera, los mexicanos hemos aprendido a formarnos una coraza de entre humor, morbo y desazón, e incluso, en algunos casos, de indiferencia o despreocupación por no estar directamente con los sucesos comprendidos entre el narco, las autoridades y la población.
Sin embargo, lo que realmente es preocupante, es el tinte sangriento que han adquirido las páginas de nuestros periódicos y revistas, los gritos escondidos entre las letras de las crónicas que narran e ilustran horrendos sucesos que se han mimetizado con la naturalidad con la que se vive en México.

Cada vez resulta más difícil quitar la mirada de los encabezados y portadas de los tabloides y periódicos que se venden por las calles, sin reparación alguna en que muchas veces, y por desfortuna, los niños que nos acompañan en el auto se encuentran totalmente expuestos a una violencia gráfica que se encuentra al alcance de todos. Sin embargo, el contrapunto viene cuando la información repartida por los medios no siempre es precisa, o cuando se sabe de entrada que ciertos medios tienen tendencia e inclinaciones a causa de intereses internos.

El debate que se generó en Twitter a partir de la provocación que hace Mauricio Meschoulam al medio día del 24 de Agosto, inició una conversación entre distintos líderes de opinión acerca de la publicación en portada de las fotografías tomadas a los muchachos que fueron encontrados colgados y mutilados en Morelos. Entre los nombres sobresalientes una voz se hizo escuchar, tajante pero templada, era Fabiola Guarneros, editora del periódico Excelsior, que con la mano en el corazón anunciaba que su medio no sería partícipe en la difusión de un mensaje de terror esparcido sin control por algunos medios, que se escudan en versiones amarillistas de sus propias publicaciones.

Es importante resaltar que el contenido que se difunde sin moderación no sólo afecta a la población que lo recibe por consecuencia. Es un atentado personal contra la dignidad de nuestros paisanos, de sus familias y amigos que no sólo deben lidiar con la pérdida de sus allegados, sino también con el hambre de violencia y alarmismo que comunican los mismos mensajes que conllevan sus muertes. El asedio de los canales de comunicación pueden tornarse en la gota que derrame el vaso de la crisis por la que los afectados atraviesen, así como en el agente que ponga en peligro las vidas de los mismos involucrados a nivel familiar al publicar sin medida alguna sus identidades para conseguir información o entrevistas exclusivas.

Parece ser que ha llegado el momento de autoevaluarnos como población, como audiencia, como individuos, e incluso como víctimas de la ola de terror que sólamente crece con el morbo de muchos y con el interés económico de otros. Debemos juntar nuestras voces y repetir una y otra vez que no es normal lo que sucede en nuestro país, y menos aún, la cobertura tan amplia y tan gratuita que se le da en los medios a las células de terror que infunden el estado de tensión, psicosis y pánico colectivos en el que nos vemos sumergidos.

Surgen varias preguntas a partir de lo anteriormente mencionado. Preguntas que en México parecen no tener respuestas claras.
¿Que queremos escuchar, ver o conocer y quién decide por cuáles medios?
¿De que manera deseamos recibir nuestra información? ¿En la privacidad de nuestro hogar desde el televisor, o en las avenidas con nuestros niños sentados a un lado? ¿Que responsabilidad conlleva el acto informativo y quién lo modera? ¿En que momento la audiencia adquiere la voz y por que medio para exigir sus derechos?

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